Argentina, el círculo vicioso del desencuentro

 

La tragedia argentina: soberbia, resentimiento y el laberinto del consenso

Introducción: El enigma de la gran dispersión

La historia argentina del siglo XX plantea una paradoja persistente: ¿cómo una nación que a comienzos del siglo figuraba entre las más prósperas del mundo derivó en un patrón de crisis recurrentes e inestabilidad estructural?
La explicación económica —el deterioro de los términos de intercambio— resulta insuficiente.
La raíz más profunda de esta “gran dispersión” es política y cultural: un ciclo de soberbia y resentimiento que impidió construir un proyecto nacional perdurable.

Este ensayo sostiene que la decadencia argentina no responde a un fracaso económico, sino a una patología del poder y del vínculo social.
La soberbia de quienes conquistan el gobierno creyendo poseer la verdad y el resentimiento de quienes pierden y se sienten excluidos, se retroalimentan, formando un círculo vicioso que erosiona y erosionó toda posibilidad de consenso de largo plazo, y tal vez de ningún plazo.
Cada élite, al apropiarse del Estado para beneficio propio, envenena el tejido social y bloquea el surgimiento de una noción del bien común.


I. La semilla del conflicto: Soberbia, renta y el sabotaje a la democracia (1900–1930)

La Argentina de la Belle Époque se construyó sobre la renta del modelo agroexportador.
La élite concentrada en Buenos Aires y su periferia, beneficiaria de la expansión global del comercio, no sintió la necesidad de cuestionar el rol del país en el mundo.
La prosperidad se volvió un dato natural, no un desafío político.

Esa comodidad derivó en una forma de soberbia estructural:

  • Soberbia política: la oligarquía gobernante preservó su dominio mediante el fraude electoral y el control institucional. La Ley Sáenz Peña (1912) fue un avance, pero no logró transformar la cultura del poder.

  • Soberbia territorial: el viejo conflicto entre unitarios y federales se reeditó bajo una nueva forma: la centralización de la renta del comercio exterior en la Capital y su resistencia a distribuir los recursos de modo equitativo.

  • Soberbia institucional: cuando el voto popular llevó a Hipólito Yrigoyen al poder (1916), la reacción conservadora culminó en el golpe de 1930. Fue la señal de que la democracia podía suspenderse cuando dejaba de ser conveniente.

Ese quiebre marcó el inicio de un ciclo histórico donde la alternancia política se confundió con el reemplazo violento del otro.

El contraste con Australia es revelador.
Ambos países atravesaron la crisis de 1929, pero el resultado fue opuesto.
Australia enfrentó su depresión con instituciones parlamentarias sólidas, un sindicalismo integrado y un Estado que canalizó los conflictos sin destruir las reglas.
La Argentina, en cambio, eligió el atajo del golpe y la dependencia, firmando el Pacto Roca-Runciman que subordinó su economía a Gran Bretaña.
Nueva Zelanda, por su parte, logró combinar reforma agraria, equilibrio fiscal y ampliación del bienestar sin sacrificar la estabilidad política.
En ambos casos, el conflicto fue institucionalizado, no negado: el desacuerdo se convirtió en procedimiento, no en ruptura.


II. La patología social: resentimiento y la inviabilidad del consenso

El abandono del bien común generó un resentimiento persistente en unos y otros, una herida social que nunca cerró.
La sociedad argentina dejó de concebirse como un cuerpo cohesionado para devenir en un “pueblo enfrentado”: arriba y abajo, Estado y mercado, interior y capital.
Cada crisis reaviva ese antagonismo y lo vuelve constitutivo de la identidad política.

En la Argentina, ese antagonismo se traduce en una hiperpolitización emocional: cada grupo exige del otro lo que él mismo no practica.
El resultado es una fatiga moral colectiva, una mezcla de desconfianza y victimismo que bloquea el acuerdo.

La política se transformó en una guerra de modelos, donde el objetivo no es resolver sino derrotar.
El péndulo entre estatismo e intentos de liberalización refleja esa tensión no resuelta:

  • Los proyectos de industrialización por sustitución de importaciones fracasaron por indisciplina fiscal y restricción externa;

  • Los programas de apertura económica colapsaron por falta de legitimidad política y sensibilidad social.

El país vive en un estado de refundación permanente, donde cada gobierno pretende “empezar de nuevo”, sin continuidad de políticas ni instituciones.

La parábola de los herederos ilustra este drama: una nación concebida como herencia común que los herederos no logran administrar porque se desconfían entre sí.
El Estado se convierte así en botín de facciones sucesivas: la oligarquía agroexportadora, la burguesía industrial, la clase política contemporánea.
Cada una promete reconstrucción, aunque termina reproduciendo el mismo patrón de apropiación.

La búsqueda de culpables reemplaza al diagnóstico estructural.
Las crisis —1989, 2001, 2018— no se usan para aprender, sino para señalar al otro.
En la era de la hipercomunicación, esa necesidad de exposición constante —la “transparencia tóxica” de Han— convierte a la política en un espectáculo de acusaciones.
El conflicto deja de ser instrumento de cambio para volverse una identidad en sí misma: la psicopatía colectiva del desencuentro.


III. El espejo del Sur: Australia y Nueva Zelanda

Australia y Nueva Zelanda comparten con la Argentina un origen agroexportador y una estructura social basada en la tierra.
Sin embargo, los caminos divergieron en tres aspectos clave:

  1. Propiedad y distribución rural:
    En Argentina, la concentración latifundista limitó el acceso a la tierra y perpetuó la dependencia de pocos grupos.
    En Nueva Zelanda, las reformas del siglo XIX y comienzos del XX promovieron un modelo de granjas familiares que equilibró desarrollo y cohesión social.

  2. Institucionalización del conflicto:
    Los sistemas parlamentarios de Oceanía incorporaron a sindicatos, productores y partidos dentro de un marco estable.
    En Argentina, los desacuerdos se personalizaron: se discutían personas, no políticas.
    La pérdida del Parlamento como espacio real de negociación desvió el conflicto hacia la calle o los cuarteles.

  3. Continuidad estatal:
    Australia y Nueva Zelanda mantuvieron políticas de largo plazo en infraestructura, educación y apertura comercial.
    La Argentina, en cambio, osciló entre proyectos antagónicos, interrumpiendo su propio desarrollo cada dos décadas.

En resumen, mientras aquellas naciones institucionalizaron el disenso, la Argentina romantizó la confrontación.
El resultado fue que ellas avanzaron por acumulación; nosotros navegamos por colapso y reinicio.


IV. Conclusión: Lo imposible y lo imprescindible

La tragedia argentina consiste en que la soberbia destruyó la confianza y el resentimiento bloqueó la reconciliación.
Esa combinación impide la construcción de un horizonte común.
Como advirtió San Martín en medio de su aventura del cruce de los andes, “lo imposible debe hacerse imprescindible”.

Es imposible porque la sociedad está fragmentada, las élites rotan sin transformarse y el mérito político sigue medido por la victoria, no por el acuerdo.
Pero es imprescindible porque ningún país sobrevive indefinidamente a la desconfianza estructural.

El desafío no es solo técnico ni económico, sino simbólico y cultural:
superar la lógica binaria de ganadores y perdedores como condición necesaria para reconstruir la confianza.
Solo entonces podrá surgir un orden político que no necesite refundarse, sino perfeccionarse.

El futuro argentino dependerá menos de encontrar al líder providencial y más de recuperar el sentido del bien común.

Ese será el verdadero (y único?) acto de soberanía.



1 comentario:

  1. Coincido en todo, de hecho Argentina no es única en cuanto a divisiones extremas, está en todas las naciones. Demócratas / Republicanos en usa, Sur / Norte en Italia, Leavers / Remainers en UK, Francoparlantes / Angloparlantes en Canadá. Solo que estas naciones saben delegar sus diferencias en las Instituciones y por ende avanzan (incluso aunque tengan violencia puntual, huelgas, represión, toma del capitiolio, etc).

    ResponderBorrar

Aguante la opinión de los otros